En la actualidad, personas de todas las edades se someten a operaciones de estética en los países desarrollados debido a las presiones mediáticas que nos venden que para ser felices debemos ser “perfectos fisiológicamente”; esto es, cumplir con los cánones de belleza actuales: ser alta/os, delgada/os, jóvenes, guapa/os, etc. De la Unión Europea, España es el país donde más operaciones de cirugía estética se realizan. Una encuesta demostró que casi el 50% de las mujeres estarían dispuestas a entrar en un quirófano para “arreglarse algo”. En Estados Unidos, por ejemplo, el número de adolescentes que recurrió al bisturí para retocarse alguna parte de su cuerpo fue de 60.000 en 1997, y de 225.000 en 2003. También nuestros jóvenes optan cada vez más por esta medida, pero lo más inquietante es que empiezan a preocuparse y ocuparse por su imagen a edades cada vez más cortas. Incluso hasta hay padres que no les importaría operar a sus niños, por ejemplo, de una nariz “grande”, porque no quieren que sus hijos “hereden el sufrimiento” que ellos mismos padecieron. Recuerden a la pequeña princesa Leonor; también ella se convirtió en el centro de atención mediática cuando surgió la polémica de si debía o no quitarse quirúrgicamente de la nariz su pequeño angioma, una mancha roja que tiende a desaparecer con el tiempo. Para más inri, según El Mundo, Letizia dio una importancia desmesurada no a la mancha, sino a lo que pudiera decirse de ella.
Pero obviamente éste no es caso aislado de una madre que se preocupa por el “qué dirán” de su retoño. Ayer mismamente, la mamá de uno de mis pacientes con Síndrome de Down (cuatro años) me preguntó si se realizaban operaciones de cirugía estética a estos niños para hacerles desaparecer los rasgos fisiológicos del rostro que los caracterizan. Obviamente, una cuestión así coge de sorpresa. Su siguiente pregunta fue: ¿Qué opina, doctor, no cree que si le operamos, le facilitaremos la vida? Y yo les pregunto a ustedes: ¿Están de acuerdo con esta mamá?







