Hay de todo en la viña del Señor. Saben que en mis post les hablé de la clasificación de los padres por su forma peculiar de comportarse (LST), del Síndrome del niño vulnerable (sensación de los padres de que el niño está en riesgo continuamente) y de las preguntas angustiantes (¿seguro que no le pasará nada?). Delante de un niño enfermo intento siempre ponerme en el lado de los padres y les comprendo porque yo "me he paseado por los quirófanos muchas veces". A pesar de todo, en ocasiones, me es difícil entender su forma de reaccionar. Hoy escribo con pena, dolido, pero no enfadado por lo que me ha ocurrido:
Hasta ahora había visitado a un bebé de mes y medio cuyos padres proceden de un entorno socioeconómico alto. El bebé padecía las típicas "cosillas" de los de su edad hasta que un día pareció que le costaba respirar y se ingresó en el Hospital Sant Joan de Déu que es público y, por ende, gratuito. Al cabo de dos o tres días, se fue de alta a casa sin problemas con el diagnóstico de bronquiolitis. Poco tiempo después inició vómitos a chorro; este síntoma en un bebé puede indicar que se trata una estenosis hipertrófica de píloro y requiere de una intervención quirúrgica rápida. Decidí ingresarlo en el hospital y, después de los exámenes pertinentes, todo acabó en una gastroenteritis sin complicaciones.
Pero el problema no fue este, sino cómo se desarrolló la estancia del pequeño con su familia en el hospital. Es lógico que una familia pueda sentirse incómoda por tener que compartir la habitación con otros pacientes, como es propio de los hospitales públicos; sin embargo, no es normal exigir algunas cosas insólitas al personal sanitario como, por ejemplo, que el biberón del niño debe prepararse con un agua especial y traerse a una enfermera contratada para que cuide al niño sin que nadie de la familia se quede con él. Peor aún han sido los conflictos que los padres han generado con los médicos que los atendían: de trato personal-respeto y de modos de actuar del hospital.
El comportamiento de esta familia fue tan notorio que corrió como un reguero de pólvora por el hospital. Y un servidor, por ser su pediatra de cabecera, recibió todos los "puyazos-choteos-maldiciones" de los compañeros del staff que lo atendieron por haber ingresado a ese "petardo". Estos compañeros se han sentido maltratados realizando su trabajo de cuidar a un bebé potencialmente grave. Entiendo y reitero que estar ingresado en un hospital público puede que para algunos no sea ninguna maravilla. Pero a estos papás impositores hay que recordarles que los dos ingresos no les supusieron ningún desembolso adicional -en un hospital de tercer nivel- y que en un centro hospitalario, nadie puede saltarse las normas y protocolos ni agraviar con sus exigencias ni tratos de favor a los demás enfermos.
Ignoro si volveré a ver a este niño, pero si tengo que ingresarlo otra vez, no lo haré en mi hospital. Queriéndolo hacer bien he salido triste y escaldado creyendo que hacía lo mejor por ellos.