lunes, 18 de febrero de 2008

"The choking game"; un juego peligroso entre los jóvenes

Cuando yo tenía unos 15 ó 16 años, un chico de nuestro grupo de veraneantes aseguró tener poderes mágicos. Con una sencilla maniobra era capaz de dejarnos inconscientes en unos segundos. Durante ese verano, la repetimos durante varias ocasiones porque era espectacular tanto verlo hacer como experimentarlo: Uno se ponía inclinado hacia adelante en posición erecta y realizaba varias inspiraciones profundas, y otro, por detrás, rodeaba su cuerpo con ambos brazos y le comprimía fuertemente el adomen. Inmediatamente se "dormía" y recuperaba el conocimiento poco tiempo después. Este experimento tan asombroso, que afortunadamente transcurrió sin incidentes, finalizó con el verano. Nunca más me acordé de él hasta que he revisado unos artículos médicos que recogen un tipo de muerte en los adolescentes muy curiosa. Vean este vídeo que ilustra un poco lo que digo.

El "choking game" o juego de la asfixia es muy parecido al que practiqué yo durante aquel verano. En resumen, consiste en alcanzar parcial o completamente la inconsciencia impidiendo la oxigenación del cerebro de forma intencionada. Los dos métodos más empleados para conseguirlo son la estrangulación y la hipocapnia autoinducida.

La estrangulación, que no era el método usado por nosotros, consiste en apretar alrededor del cuello con un cinturón, las manos o los brazos. Con ello se consigue obstruir la arteria carótida y comprimir una zona especial donde están los reguladores de la presión arterial (baroreceptores), lo que provoca una hipotensión, disminución de la frecuencia cardiaca e incluso un paro. Este sistema de perder la conciencia de forma voluntaria es el causante de la mayoría de las muertes por este "juego".

En la hipocapnia autoinducida se respira profunda e intensamente hasta notar sensaciones extrañas. El individuo cierra la boca sin exhalar el aire y otro le comprime el tórax rodeándolo con los brazos y comprimiéndolo hacia la columna. El mecanismo es más complejo; la sangre se vuelve alcalina; algunos la perciben como sensación de euforia. Esta sangre alcalina provoca vasoconstricción en la irrigación cerebral y la posterior pérdida de conciencia.

La mayoría de los participantes se recupera al cabo de pocos segundos, pero tanto en Europa como en Estados Unidos han fallecido un número notable de jóvenes. Cuando juegan, los niños pequeños no deberían imitar los entrangulamientos que ven en las películas, ya que podrían perder la conciencia.

2 comentarios:

Marcos Carrasco dijo...

Dr. ¿Los jovenes se vuelven tontos y hacen lo que vemos en el video o hacen lo que vemos en el video y se vuelven tontos?

Anónimo dijo...

Querido doctor,
en la infancia y adolescencia no somos conscientes de que muchos juegos conllevan un alto riesgo; algunas personas jamás maduran, y esto explica porqué de adultos siguen jugándose la vida, por ejemplo, al volante. El choking game me trae el recuerdo otro juego en el que participan otros gases corporales, eso sí, más enrarecidos que el aire que respiramos. No tenía nombre, aunque hoy podríamos bautizarlo como el Fart Game: la jugada consistía en acercarse un mechero a la zona anal y accionarlo a la par que se dejaba salir un enorme pedo. A veces, la llamarada era gigantesca. Tenía amigos que, aparte de inconscientes, eran unos maestros en el Fart Game: había uno, apoddo el Bombona, que podía controlar la llamarada y otro, conseguía explosiones intermitentes. El jueguecito tenía sus riesgos, pues muchos acababan con el culo chamuscado y más depilado que el de la Basinger en Nueve semanas y media (por cierto, doctor, ¿que le diría a la rubia si se encontrara con sus turgentes nalgas invadiendo la mesa de su consulta? Tiene usted cara de gustarle la Kim).
Otra distracción popular era ingerir un refresco gaseoso y hacer competiciones de eructos. Igualmente había maestros en la modulación de estos sonidos guturales. Conocí a uno que le llamaban la Mula Francis, porque emitía unos rebuznos que para sí los quisiera este solípedo en la época de celo.
Un saludo, Fray Dulento