domingo, 5 de junio de 2016

Brillante médico asesinada por su marido, un reconocido neurólogo

Presencia de cianuro en la sangre de la Dra. Klein
Este tenebroso episodio llamó poderosamente mi atención y, aunque ya ha pasado algún tiempo, vuelvo sobre él. ¿Cómo es posible que un médico con gran categoría científica fuera capaz de asesinar a su esposa que, a su vez, era una reconocida ginecóloga de EEUU?

En 2013, el Dr. Robert Ferrante (64 años) y su esposa (41 años), la  Dra Autumn Klein, vivían con su hija de 6 años de edad, en Pittsburgh, Pennsylvania. El Dr. Ferrante era co-director del Centro de Investigación de la ELA, y profesor de neurología de la Facultad de Medicina de Pittsburgh pero antes había trabajado en la Universidad de Harvard y en el Hospital General de Massachusetts - es decir, no era un cualquiera. Estando a allí conoció a la que sería su esposa, una brillante médico. Ésta fué fichada por la Universidad de Pittsburgh Medical Center (UPMC) y, en el momento de su muerte, era profesor asistente de neurología, obstetricia, ginecología y servicios de reproducción en la Universidad de Pittsburgh. Su marido se trasladó a Pittsburgh con ella como investigador. 

La Dra. Klein se desplomó en su casa después de tomar un batido nutricional y su esposo llamó al Servicio de Emergencias Médicas Se la trasladó a un hospital y murió tres días más tarde. El Dr. Ferrante insistió en que se incinerara y no se hizo autopsia a pesar de ser una muerte poco clara. Un sagaz médico de guardia envió  la sangre a Toxicología y se demostró que la Dra. Klein había sido envenenada con cianuro. 

¿Quién tenía acceso a ese producto y se lo había puesto en la bebida? El Dr. Ferrante, como investigador, tenía acceso a ese producto que, en escasas cantidades,  puede matar a una persona sin dejar rastro pocas horas después de la ingestión. Se demostró que había obtenido dicho producto unos 2 días antes de la muerte de su mujer. El veredicto final tras el juicio de noviembre de 2014 fue de cadena perpetua para el Dr. Ferrante. El o los móviles de su acción no los he podido aclarar del todo aunque se barajan tres: estaba celoso del éxito profesional de su esposa, rechazaba tener otro hijo con ella o cría que ella tenía una aventura con otro hombre.

Si ese sagaz médico de guardia no hubiera enviado la sangre a toxicología, probablemente el Dr. Ferrante estaría libre.