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domingo, 18 de octubre de 2009

La sinceridad de los niños

Tengo una familia a la que quiero mucho y me lo paso muy bien cuando vienen a visitarse. Por suerte para ellos y desgracia para mi me abandonan una temporada porque al papi le han ofrecido un trabajo irrenunciable por la zona de los petróleos.

Los tres hijos, dos niñas y un niño, muy educados por cierto, vinieron a verme antes de emprender el viaje. Mientras los exploro les hago preguntas y una de ellas casi siempre es la misma: "Y tú, qué quieres ser de mayor?" la mayoría de los pequeños/as contestan que maestro/a o profesor/a que en el fondo no deja de ser una admiración por la persona que les cuida y les quiere en el cole. Futbolista es la segunda opción más solicitada por los chicos y medico o enfermera no le andan mucho a la zaga.

Pues al visitar a la segunda hermana de unos 5 años le hice esa pregunta y me contestó: "médico" y yo respondí: "¡que bien así me podrás venir a ayudar a la consulta a visitar otros niños!", "imposible, me dijo, tú ya serás un viejo con bastón". Hay que reconocer que a estas edades tienen una sinceridad apabullante que, en ocasiones, hace enrojecer a los padres con los comentarios tan evidentes y simples por su ignorancia ¿porqué eres negro?, ¿cómo es que te falta una mano? ¿porqué tienes el pelo tan duro? - yo me pongo espuma fijadora L´Oreal, ¿por qué tienes la cara tan rayada (arrugas)?

Me encantan a esa edad de inocencia y desparpajo. Me cuesta pensar que algunos llegarán a ser enredones y embaucadores bajo un halo de seriedad y mecenazgo como el Millet -no le pongo el Sr. delante porque no lo merece.

domingo, 22 de marzo de 2009

Explorando por las las mañanas con prisas...

Diariamente, me levanto prontito para escribir en este blog antes de ir al hospital. Si por cualquier motivo me atraso un poco debo hacer las cosas rápido y corriendo, oséase, mal; la ley de Murphy es implacable y la tostada se me cae por el lado de la mantequilla. Como intento llegar a las 7: 45 para resolver la correspondencia en mi ordenador del hospital, salgo de casa no sin haberme maldecido a mí mismo por la mi torpeza en  no recordar donde he dejado las cosas el día anterior. Mascullando improperios me dirijo a mi jamelgo motorizado y vean un simulacro de lo que ocurre. En muchas ocasiones, una vez en la calle, tengo que volver a casa a recoger lo olvidado y eso suponiendo que ya haua partido raudo y veloz hacia el hospital. El título en femenino es para despistar.

lunes, 12 de mayo de 2008

Incorporación tecnológica en mi consulta para ver el oído

Quizás no entiendan bien lo que dice el presentador pero sólo con ver el vídeo ya se puede entrever hasta donde ha llegado la reducción de los instrumentos médicos con las nuevas tecnologías y el uso de la fibra óptica para todo tipo tareas. Me he comprado este videoscopio para observar el canal auditivo del niño. Estoy en fase beta, las intrucciones estan en japonés -idioma que domino con soltura..., y los niños parecen tener una fuerza descomunal moviéndose sin parar. En vez de una enfermera precisaría un jugador de rugby para que se lanzara sobre él y lo placara. Me tengo que familiarizar con este adminículo tecnológico pero dentro de poco tiempo seguro que la conexión será tan fácil que se transmitirá hasta un móvil.

Para los que tengan gran cantidad de cerumen en su oído les propongo el artílugio "atómico" de la foto. Por un sistema parecido pueden ver si tiene cera por un minicircuito de TV. Aco..j...nante.

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viernes, 25 de mayo de 2007

¡Ojo con lo que tocas!

Con mucha frecuencia visito a niños y jóvenes afectados de Síndrome de Down. Son de carácter dulce y colaborador. En ocasiones, son tozudos como una mula. Se ponen "a cuatro patas" y no hay forma humana de examinarlos. Ayer vino a mi consulta uno encantador, divertido y parlanchín. Le tocaba la revisión de los 16 años y su madre me explicó que el joven se tocaba constantemente "sus partes"; parecía tener una erupción pero no se dejaba mirar en casa. Me dirigí a él en tono amistoso y con lenguaje coloquial le comenté la necesidad de revisar el escroto y los testículos. Inmediatamente me respondió: "Oye, que yo no soy gay". Le tranquilicé explicándole que se trataba de un tipo de revisión y que sólo quería averiguar si tenía una infección o una dermatitis. Se resistió un poco pero al final accedió a bajarse un poco los calzoncillos. Al ir a explorar sus genitales, agarró mis manos con una fuerza impresionante y, mirándome fijamente a los ojos, me espetó: "¡Ojo con lo que tocas, recuerda que no soy gay!"