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lunes, 18 de febrero de 2013

Vendedores de humo, una plaga difícil de extinguir

Para la población en general el que “vende humo” es aquel que, basándose en sus dotes verbales y en algunos trucos no muy creíbles, se exhibe ante los demás queriendo demostrar lo que realmente no sabe o no posee. El “vendedor de humo” es esa persona que hace alarde de conocimientos, talentos, experiencias o riquezas que no puede constatar, razón por la cual es alguien al que no se le debe prestar atención o, al menos, no se le debe creer. Al decir que “se vende humo” se está queriendo expresar que se ofrece un producto de escaso o nulo valor. Me ha gustado esta descripción tomada de este texto.

Un comentario acertado dice: "Los vendedores de humo suelen ser personas trajeadas, consultores e implementadores de procesos, que no venden nada substancial sino que se adaptan a las modas para estafar a las empresas, a las que venden "procesos de implementación", "dinámicas de producción integrada en un entorno de alto impacto empresarial", "integración vertical SEO de la convergencia en el mundo 2.0 de la sociedad de la información". Venden palabrería, palabras supuestamente técnicas que en realidad no significan nada, prestigio fingido y nada más. Es decir: venden humo, y a precios astronómicos."

Otro comentario demoledor se refiere a los "chupasangres" que en un párrafo los define de forma apabullante: El problema surge cuando estos organizadores son meros charlatanes de feria que, amablemente llamo “vendedores de humo” o “chupasangres” ya que pretenden aprovecharse del trabajo altruista de los demás, sin ayudarles ni darles ningún reconocimiento por su labor. Eso sí, después son los que se llevan todo el mérito y los contactos que consideran “su tesoro” y no comparten con el resto del grupo.

¿Conoce usted a algún "chupasangres", vendedor de humo o charlatán? Yo sí, y bastantes. Algunos los tengo muy cerca pero, por desgracia, están infiltrados en todas las profesiones, trabajos y clases sociales e impiden nuestro progreso.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

La importancia de llamarse Ernesto

Aunque en español siempre se ha preferido el título "La importancia de llamarse Ernesto", lo cierto es que la obra se titula "The importance of being earnest", que debe traducirse, literalmente, como "La importancia de ser formal", pero su título suena igual en inglés que si se escribiera "The importance of being Ernest" y Oscar Wilde hace un juego de palabras y pronunciación. Es una divertida comedia que muestra la necesidad de mantener una doble vida: es necesario llamarnos Millet, Alavedra, Prenafeta, de la Rosa y un largo etcétera siendo formales y correctos conforme a lo que se espera de nosotros, pero también, en ocasiones, es necesario llamarse "Luigi" o el "Bigotes" para poder sobrevivir (en el caso de la novela) o hacerse millonario en nuestro caso, con una segunda vida en la que surge nuestro lado oscuro, el deseo, la transgresión.

Hace poco tiempo llamarse Millet, Alavedra, Prenafeta, de la Rosa era una posibilidad de hacerse notar tanto para los parientes como para los que no lo eran pero con el mismo apellido porque la gente debía pensar en su posible parentesco con gente respetada y adinerada. Decir: "soy un millet o un alavedra o un de la rosa" les daba más "imagen". Ahora han de repetir machaconamente que no tienen nada que ver con esos "ejemplares". Por la red está circulando a la velocidad del rayo la breve biografía de una mujer que muestra una capacidad de trabajo encomiable; si desarrolla tanta actividad por su propios méritos ¡chapeau! y si no es así...

Yo pienso en su pobres hijos o nietos inocentes y su posible calvario escolar: "tu padre o tu abuelo es un ladrón", "¿has visto la cárcel como es?" Debe ser un acoso verdadero contra el que no tienen respuesta.

PS. Al decir De la Rosa no me refería al corredor de Fórmula 1 (Pedro Martínez de la Rosa) al que no tengo el gusto de conocer, pero sí a sus estupendos suegros. Él puede proclamar su apellido con orgullo. Enseñen a sus hijos la trayectoria de este deportista y no la del otro que va de juzgado en juzgado como una peonza.