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lunes, 19 de abril de 2010

Espasmo de llanto: sensación de que se muere

Tal vez esta situación es la segunda en el ranking de trastornos benignos más aterradores para los padres después de una convulsión febril. Asustados, al verlo por primera vez inician maniobras de reanimación sin ton ni son, a hacer boca -boca o reanimación sin tener práctica alguna.

El espasmo del llanto o del sollozo es un paro o falta de movimientos respiratorios que se produce después de una situación de estrés con pérdida temporal del conocimiento que se recupera espontáneamente sin ninguna secuela. Parece ser debido a una respuesta refleja al miedo, a una situación de conflicto, a un episodio traumático (dolor) o por una situación inesperada como un susto. Bruscamente el niño se queda sin aliento, no respira, durante unos 30-60 segundos, rápidamente se vuelve de color azul (cianótico), puede ir perdiendo el conocimiento con movimientos espasmódicos parecidos a una convulsión leve y en la mayoría de ocasiones la respiración se recupera rápidamente pero en otras lo hace en el momento de perder el conocimiento. El color se recupera rápidamente, mejora con la primera respiración, comienzan a llorar o gritar aunque algunos parecen quedar algo atontados durante un breve tiempo.

Hay dos tipos de espasmo del llanto: el cianótico, más común, en el que los labios y la piel se vuelven azulados y, el pálido, menos frecuente, en el que ocurre todo lo contrario ya que la piel parece de cera. Estos casos normalmente se producen como respuesta a la ira o frustración, miedo, dolor o lesiones/traumatismos leves (golpe en la cabeza). Se presentan entre los 6 meses y 6 años de edad pero son más comunes entre los 12 meses y los 1-3 años. El espasmo del sollozo puede ocurrir desde varias veces al día a hacerlo ocasionalmente

Si el pediatra confirma que se trata de espasmos del llanto y no de convulsiones, los padres necesitarán un tiempo para asimilar esta situación tan angustiosa y enfrentarse al niño con la seguridad de que no le ocurrirá nada malo y aunque parezca duro no se le debe prestar atención ya, en el fondo es como una rabieta llevada al extremo máximo. Contra más caso se le haga más probabilidades tiene de repetirlo.

En lo casos evidentes no es necesaria ninguna exploración neurológica y sólo en caso de duda puede ser necesario hacer un EEG para descartar una epilepsia.o un ECG por si tuviera una arritmia cardíaca. Por el mismo motivo, no se recomienda ningún tratamiento aunque es recomendable hacer un análisis de sangre ya que el déficit de hierro favorece los espasmos del sollozo.

Un trastorno como éste, mal soportado por los padres, puede conducir a una situación llamada del "niño vulnerable"


viernes, 25 de septiembre de 2009

Convulsiones febriles; los antitérmicos no las previenen

Las convulsiones febriles son un trastorno neurológico frecuentes en en la primera infancia o la niñez que se asocia con la fiebre, pero sin infección del cerebral epilepsia u otras causas conocidas. Estos movimientos repetidos del cuerpo con pérdida de conciencia duran unos segundos que se hacen eternos para los que observan al niño convulsionando. El desencadenante más frecuente de la convulsión febril es una infección vírica que no provoca otras consecuencias. Entre un 3 % y 5 % de de niños entre los 6 meses y los 6 años tendrá alguna convulsión febril en su vida y la probabilidad de que se repita en un episodio febril es del 20 % al 30 %.

¿Cómo prevenir otra convulsión febril en un niño? Hasta ahora se había propuesto dar antitérmicos en cuanto tuviera fiebre pero un reciente trabajo muy bien realizado ha demostrado que dar antitérmicos de forma continuada para bajar la fiebre y, por ende, prevenir una convulsión no tiene ninguna utilidad. Esta es una mala noticia para los padres de niños con convulsiones febriles ya que esta actitud de dar antitérmicos de una forma continuada y enérgica es una práctica habitual hasta ahora pero los hechos demuestran que no hay que abusar de estos fármacos para prevenir las convulsiones febriles ni sus repeticiones.

Las convulsiones febriles típicas son benignas y de desaparición espontánea; lo que ocurre es que ver convulsionar a un niño es una sensación horrible para los padres o cuidadores porque la sensación es de que se está muriendo sin saber qué hacer. El impacto emocional en los padres puede ser tan grande que a algunos les cuesta superarlo y tienen una tendencia exagerada a proteger al niño. Si ustedes son padres de un niño con convulsiones febriles típicas y no están tranquilos pueden pedir una segunda opinión a un buen neurólogo infantil.

Lo más importante en una convulsión febril es no perder la calma, poner al niño en un lugar seguro y saber de que no tiene nada que pueda obstruir la vía aérea. Vean un simulacro de una.

martes, 12 de febrero de 2008

Cuando quieres hacerlo bien y sale todo mal

Hay de todo en la viña del Señor. Saben que en mis post les hablé de la clasificación de los padres por su forma peculiar de comportarse (LST), del Síndrome del niño vulnerable (sensación de los padres de que el niño está en riesgo continuamente) y de las preguntas angustiantes (¿seguro que no le pasará nada?). Delante de un niño enfermo intento siempre ponerme en el lado de los padres y les comprendo porque yo "me he paseado por los quirófanos muchas veces". A pesar de todo, en ocasiones, me es difícil entender su forma de reaccionar. Hoy escribo con pena, dolido, pero no enfadado por lo que me ha ocurrido:



Hasta ahora había visitado a un bebé de mes y medio cuyos padres proceden de un entorno socioeconómico alto. El bebé padecía las típicas "cosillas" de los de su edad hasta que un día pareció que le costaba respirar y se ingresó en el Hospital Sant Joan de Déu que es público y, por ende, gratuito. Al cabo de dos o tres días, se fue de alta a casa sin problemas con el diagnóstico de bronquiolitis. Poco tiempo después inició vómitos a chorro; este síntoma en un bebé puede indicar que se trata una estenosis hipertrófica de píloro y requiere de una intervención quirúrgica rápida. Decidí ingresarlo en el hospital y, después de los exámenes pertinentes, todo acabó en una gastroenteritis sin complicaciones.


Pero el problema no fue este, sino cómo se desarrolló la estancia del pequeño con su familia en el hospital. Es lógico que una familia pueda sentirse incómoda por tener que compartir la habitación con otros pacientes, como es propio de los hospitales públicos; sin embargo, no es normal exigir algunas cosas insólitas al personal sanitario como, por ejemplo, que el biberón del niño debe prepararse con un agua especial y traerse a una enfermera contratada para que cuide al niño sin que nadie de la familia se quede con él. Peor aún han sido los conflictos que los padres han generado con los médicos que los atendían: de trato personal-respeto y de modos de actuar del hospital.


El comportamiento de esta familia fue tan notorio que corrió como un reguero de pólvora por el hospital. Y un servidor, por ser su pediatra de cabecera, recibió todos los "puyazos-choteos-maldiciones" de los compañeros del staff que lo atendieron por haber ingresado a ese "petardo". Estos compañeros se han sentido maltratados realizando su trabajo de cuidar a un bebé potencialmente grave. Entiendo y reitero que estar ingresado en un hospital público puede que para algunos no sea ninguna maravilla. Pero a estos papás impositores hay que recordarles que los dos ingresos no les supusieron ningún desembolso adicional -en un hospital de tercer nivel- y que en un centro hospitalario, nadie puede saltarse las normas y protocolos ni agraviar con sus exigencias ni tratos de favor a los demás enfermos.

Ignoro si volveré a ver a este niño, pero si tengo que ingresarlo otra vez, no lo haré en mi hospital. Queriéndolo hacer bien he salido triste y escaldado creyendo que hacía lo mejor por ellos.