
Admiro a los fotógrafos por esa capacidad de ver lo que yo no veo y, sin embargo, ambos observamos lo mismo. Cuando veo las carreras de Moto GP hay un espacio publicitario de una conocida marca de cámaras fotográficass titulado la foto de la carrera o algo similar.
Ya les comenté que el día que enterramos a mi hermana menor era tormentoso. Cuando estábamos en el cementerio no cesaba de llover intensamente con rayos y truenos continuos. En el momento de entrar el féretro en el nicho me ocurrió un fenómeno que no olvidaré mientras viva. Por eso me hubiera gustado que Paco Elvira, fotógrafo mundialmente conocido, y compañero mío del cole lo hubiera podido recoger con esa maestría que sólo él tiene.
La escena les parecerá simplona pero a mí no. Llevábamos pocos paraguas y quien más quien menos se mojaba bastante. Un grupito, entre los que estaba yo, nos cobijamos en un arco diminuto que estaba justo enfrente del nicho. Como en una película en blanco y negro veíamos al esposo de mi hermana que, a pesar de llevar paraguas, estaba completamente empapado junto a los empleados que tenían de introducir el ataúd en el nicho. El el momento de hacerlo y en medio de una lluvia torrencial, se acercó un poco al ataúd y le lanzó una rosa blanca. Parecía algo imposible pero la rosa fue a caer y quedó adherida en el centro exacto con los pétalos bien orientados. No se movió en absoluto y la vi hasta el último momento en que taparon el nicho. Han pasado varios días y esa imagen del esposo lanzando la rosa ha quedado grabada en mi mente en blanco y negro. Me recorre un escalofrío cuando reaparece.
Jesús, el esposo, es una persona excepcional que cuidó a mi hermana enferma durante años con un amor y una entrega totales.